
Fabiana Pizzolante, amiga del alma y ahora compañera de trabajo, se dedicó a recordarme durante toda mi jordana laboral la importancia de ir a misa ayer. Así lo hice.
Llegué a la capilla y allí comenzaron a florecer mis creencias. No en Dios o la virgen. Todo eso lo tengo clarito. Lo que sí creo es que a nosotras nos educaron para ser desafinadas. Así como lo leen. No había ni una sola persona en el coro que atinara una nota bien o que llevara el tiempo que correspondía. No se puede aprender a cantar si durante los primeros años escolares escuchas como ejemplo a un grupo de gallos (o gallinas, pues eran todas mujeres).
Aquí viene mi creencia número dos: una exalumna del María Auxiliadora no debe asistir a misa o algún espacio público sin estar medianamente arreglada. En nuestro lenguaje eso incluye combinar siempre la colita, el gancho o el lacito de la cabeza con alguna prenda de vestir. (Lo cual implica que se de el caso de la que tiene todo combinado, de pies a cabeza, de un color verde perico causándome un inmediato dolor de cabeza).
El padre que dio la misa era una cuchura. Es el cura más viejo que he visto en mi vida. De hecho, si me preguntan a mí, él estaba muerto pero no le había llegado la notificación. Hablaba bajiiiiito y lento. Es por eso que nadie escucho el salmo responsorial: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor”. Bueh! Por eso y porque las del María Auxiliadora nunca escuchamos nada. Creo fielmente que nos diseñaron para hablar mucho y escuchar poco.
Mi grupo de amigas es así. Una encima de otra hablando sin ningún problema comunicacional de fondo. Es riquísimo desahogarse tanto y aún así haber escuchado, a medias, un par de cuentos. La misa era como una gran reunión de mujeres desafinadas contando historias en el entretanto.
Mucha gente conocida y otra no tanto. Al frente teníamos a la promoción perfecta (cuando nosotras estábamos en 7mo ellas ya estaban en 5to año). Seguían igual. Derechitas, arregladas, con caras de Susanita y mudas. Solo dos de ellas me dieron “la paz” y solo tres de ellas estaban comprometidas.
La palabra de Dios que nos tocó fue la del vino y la fiesta en Jerusalén. Amo esa parábola. Fue la que me enseñó que hay que ponerles a los invitados el vino bueno hasta que se rasquen que se pone el chimbo. Me enseñó eso y que la vida siempre tiene dos caras. Puedes llorar porque no tienes vino y crear una tragedia o puedes confiarle ese problema a Dios y dejarlo en sus manos… Él sabe más que yo. De hecho sabe fabricar vino a base de agua…