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25.3.10

C

A ella se lo habían contado muchos años antes pero, aún así, no creía lo que veía. El pipi del tipo estaba torcido como un garfio.

Ese día, luego de varios pin y llamadas telefónicas, habían quedado en verse en un local de moda caraqueño junto a un grupo de amigos. “Ponte bonita”, le había dicho él, y aunque a ella le sonó pedante y carajito, así lo hizo.

Tacones altos, vestido corto y mucho maquillaje. Ella estaba “bonita” produciendo en los hombres un no se qué y en él, las ganas de terminar ya con el falso pre-despacho de algo que ambos sabían que iba a pasar.

Bailaron toda la noche. O así lo hizo ella. Él, sólo la miraba de reojo, coqueteaba de a ratos y seguía hablando con el resto del grupo. Varios shots de tequila los acompañaron a lo largo de la noche hasta que la amiga de ella dijo: “La puedes llevar tú, para no desviarme?”.

En el carro ninguno hablaba. Él vivía cerca de ella por lo que pensaba cualquier excusa para desviarse a su casa y conseguir lo que estaba buscando. “Vamos a tu casa?”, dijo ella. Y así fue.

Un beso por aquí, otro por allá. Las manos de él parecían las de una empanadera amasando la harina. Nada agradable. Ella ignoraba eso. Sólo quería estar con él como meta personal. Hace tiempo que estaban coqueteando y era hora de darle fin a tantas ganas.

El mismo se quitó el pantalón. Como si ignorara el detalle que estaba acompañado a la pérdida de ropa: era encorvado en forma de letra C. Mientras el seguía en el plan inicial, ella buscaba la manera de huir del lugar sin mucho drama.

Después de todo, era más vergonzoso mencionar el tema, que tener un pipí raro. Quizás por pena a la situación, o por darle fin a sus historias, ella lo terminó haciendo. Inclinó su cuerpo y poniéndose de puntillas con un golpe de caderas logró que entrara y que la historia terminara.

Más nunca se llamaron. Ella había dejado claro que lo de ellos había concluido y él, había entendido que el problema comenzaba con C.

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