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29.3.10

La pelea

“Nada de eso parece importarte”, dijo él. Ella sólo lo miró y por largo rato no dijeron nada. Cuando ellos pelean, parece un ritual. Ambos se murmuran a gritos entre la gente, fingen que se ignoran y por último se van. Ella siempre tira la puerta del carro y él maneja a 140 km/hr o más.

A llegar al edifico, ella decidió hablar. Esta podía ser la última vez que se vieran y 1 año de relación no se podía acabar sin un buen discurso.

- ¿Hasta aquí entonces?, dijo abriendo la puerta.

- Si te bajas del carro te olvidas de mí, respondió él.

Las explicaciones de ella iban desde lo más absurdo hasta el viaje a Barcelona. Al parecer, él había logrado que el viaje fuese toda una tortura: odiaba las fotos y se levantaba tarde todos los días pues sus vacaciones no tenían despertador. Ella sólo quería atención o eso era lo que decía. Estaba harta de sus juegos de fútbol, de sus amigotes y de esa vida de soltero que con tanto empeño estaba a punto de conseguir. Eso sin mencionar su carácter y su mala costumbre de gritarle en público.

Él la escuchaba sin interés como aquel que escucha una canción navideña. Se sabía las estrofas, el coro y el desenlace pero nada le parecía novedoso o digno de atención. Todo era repetitivo y tenía muy poco que ver con la realidad.

Hace unos meses, él había gastado todo su dinero en una cena de aniversario. Y poco después, había dedicado toda una tarde a ver una película en la sala de su casa. No había día que no hablaran por teléfono y eso es más de la atención que él le brindaba a cualquier otro ser humano.

Para él, el problema era otro. Ella nunca sería feliz a su lado pues él no era suficiente. No bastaba con quererla o admitir que eran novios. Ella era simplemente inflexible, insoportable y malcriada.

Ella empezó a llorar. Lloró y mucho. Tomó su cartera y se bajó del carro.

25.3.10

C

A ella se lo habían contado muchos años antes pero, aún así, no creía lo que veía. El pipi del tipo estaba torcido como un garfio.

Ese día, luego de varios pin y llamadas telefónicas, habían quedado en verse en un local de moda caraqueño junto a un grupo de amigos. “Ponte bonita”, le había dicho él, y aunque a ella le sonó pedante y carajito, así lo hizo.

Tacones altos, vestido corto y mucho maquillaje. Ella estaba “bonita” produciendo en los hombres un no se qué y en él, las ganas de terminar ya con el falso pre-despacho de algo que ambos sabían que iba a pasar.

Bailaron toda la noche. O así lo hizo ella. Él, sólo la miraba de reojo, coqueteaba de a ratos y seguía hablando con el resto del grupo. Varios shots de tequila los acompañaron a lo largo de la noche hasta que la amiga de ella dijo: “La puedes llevar tú, para no desviarme?”.

En el carro ninguno hablaba. Él vivía cerca de ella por lo que pensaba cualquier excusa para desviarse a su casa y conseguir lo que estaba buscando. “Vamos a tu casa?”, dijo ella. Y así fue.

Un beso por aquí, otro por allá. Las manos de él parecían las de una empanadera amasando la harina. Nada agradable. Ella ignoraba eso. Sólo quería estar con él como meta personal. Hace tiempo que estaban coqueteando y era hora de darle fin a tantas ganas.

El mismo se quitó el pantalón. Como si ignorara el detalle que estaba acompañado a la pérdida de ropa: era encorvado en forma de letra C. Mientras el seguía en el plan inicial, ella buscaba la manera de huir del lugar sin mucho drama.

Después de todo, era más vergonzoso mencionar el tema, que tener un pipí raro. Quizás por pena a la situación, o por darle fin a sus historias, ella lo terminó haciendo. Inclinó su cuerpo y poniéndose de puntillas con un golpe de caderas logró que entrara y que la historia terminara.

Más nunca se llamaron. Ella había dejado claro que lo de ellos había concluido y él, había entendido que el problema comenzaba con C.

20.3.10

EL DON

Ella tenía un don, pero no lo sabía. Era flaca, blanca y cualquiera que se empatara con ella terminaría casado. Así lo había demostrado el tiempo y sus novios anteriores.

Nada en este mundo impedía que al terminar la relación con un individuo, éste le pusiera el anillo a otra. Bodas iban y venían, todas causadas por el siempre hecho de terminar con la flaca.

La otra no aparecía después de años, o de varias relaciones intermitentes. La mujer que inmediatamente después saliera con su ex, iba a usar un vestido blanco.

Para aquellos que no creen en vudú, o en artes oscuras, lean bien: la flaca era bella, responsable, trabajadora y hasta buena en la cama. Nada le impedía ser la próxima en entrar en una iglesia escuchando el Ave María. Todos sus novios así lo aseguraban. De hecho, varias veces planificó su boda, pensó en donde viviría y ahorro hasta el último centavo para su luna de miel.

La flaca era codiciada entre los hombres que desconocían este don. Pocas veces ella salía a bailar sin tropezarse con dos o tres que le quitaran el número de teléfono. Cuando hablaba, quedaban embobados pensando que habían conocido a su alma gemela.

Por cuestiones de la vida, o por brujería, sus novios rompían la relación después de años de planes y cariños. Todo para terminar casándose con la primera que conocieran, lo antes posible.

Eso la tenia deprimida y de mal humor. Hasta sus amigas se burlaban de ella. La más gordita le había ofrecido a su novio por unos meses para que luego lo dejara, y la catira le había jugado una broma al decir que había impedido el matrimonio de su último ex, para romper la maldición. Nada de eso era cierto, más que ella terminaría soltera y sin volver a pensar en una relación el resto de su vida.

Ella tenía un don, pero no lo sabía. Sus novios anteriores eran todos unos patiquines. Ninguno servía para otro motivo que no fuese pagar la cuenta y lucirla como trofeo. (A excepción de aquel borracho que no trabajaba y era capaz de cambiarla por una birra).

La flaca tenía el don de evitar un divorcio seguro. Ella nunca entraría dentro del 70% de parejas divorciadas a nivel mundial. Su destino, o la santería, habían logrado espantar a los hombres “fracaso” y asegurarle un príncipe. Su anillo estaba por llegar para una relación que duraría más tiempo que unos cuantos meses... Un don que cualquier mujer compraría…

17.3.10

ERA UN PACTO...

No es que fuese de sangre, ni mucho menos de muerte. Era simplemente un pacto. De esos que uno hace a la ligera sin detenerse a pensar en las consecuencias.

Así lo hice yo. No lo había analizado mucho y ahora las consecuencias me torturan. Me tortura pensar en no escribir. En que las palabras un día podrían huir de mí y dejarme con una hoja en blanco. Me asusta más aún que nadie me lea. Creer que mis textos son ignorados me molesta tanto como que me toquen el pie. Y yo odio que me toquen el pie!

Cada obra tiene su resultado. Así lo dice la biología, física, química y hasta mi mamá. Causa y efecto. Acción y reacción. Todo el planeta se mueve a través de esa ley y no hay manera de que pase lo contrario. Hasta Murphy se convirtió en víctima de esa fórmula simple: Si te metes a bañar apurado, no hay agua. Simple.

Tan simple como mi pacto. Simón Elberg, amigo y compañero de trabajo, había decidido abrirse un blog. “Abriré un blog. Hay demasiadas cosas que tengo que contar", me dijo.

Hace un tiempo yo misma me había planteado abrirme uno: en primer lugar, pareciera estar de moda. Y siendo honesta, yo me tripeo la moda. En segundo lugar, me permite escribir. Escribir cómo y cuándo quiera (con las mariposas en el estómago de pensar en nunca ser leída).

Así que lo prometí. Hice un pacto. Le dije a Simón: “un blog es lo mejor! Es más... Si te lo abres, me lo abro yo también! Es un pacto”.

Ahora siento como si me besaran el pie…