“Nada de eso parece importarte”, dijo él. Ella sólo lo miró y por largo rato no dijeron nada. Cuando ellos pelean, parece un ritual. Ambos se murmuran a gritos entre la gente, fingen que se ignoran y por último se van. Ella siempre tira la puerta del carro y él maneja a 140 km/hr o más.
A llegar al edifico, ella decidió hablar. Esta podía ser la última vez que se vieran y 1 año de relación no se podía acabar sin un buen discurso.
- ¿Hasta aquí entonces?, dijo abriendo la puerta.
- Si te bajas del carro te olvidas de mí, respondió él.
Las explicaciones de ella iban desde lo más absurdo hasta el viaje a Barcelona. Al parecer, él había logrado que el viaje fuese toda una tortura: odiaba las fotos y se levantaba tarde todos los días pues sus vacaciones no tenían despertador. Ella sólo quería atención o eso era lo que decía. Estaba harta de sus juegos de fútbol, de sus amigotes y de esa vida de soltero que con tanto empeño estaba a punto de conseguir. Eso sin mencionar su carácter y su mala costumbre de gritarle en público.
Él la escuchaba sin interés como aquel que escucha una canción navideña. Se sabía las estrofas, el coro y el desenlace pero nada le parecía novedoso o digno de atención. Todo era repetitivo y tenía muy poco que ver con la realidad.
Hace unos meses, él había gastado todo su dinero en una cena de aniversario. Y poco después, había dedicado toda una tarde a ver una película en la sala de su casa. No había día que no hablaran por teléfono y eso es más de la atención que él le brindaba a cualquier otro ser humano.
Para él, el problema era otro. Ella nunca sería feliz a su lado pues él no era suficiente. No bastaba con quererla o admitir que eran novios. Ella era simplemente inflexible, insoportable y malcriada.
Ella empezó a llorar. Lloró y mucho. Tomó su cartera y se bajó del carro.