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1.4.14

A nadie le gusta ir al médico

A nadie le gusta ir al médico. Estamos claros. Pero de toda la lista de torturas que toca pasar para cualquier chequeo, la peor es la bendita sala de espera. Eso de sentarse horas a leer una revista del 96, con la portada de Wanda y Yalimar, tips para enamorar a tu chico y la receta de una torta de pasas, es simplemente aburridísimo.

Yo no conozco al primero que piense Suerte! Me toca hacerme un examen de sangre How excited! Esperé toda la semana para ver una novela sin volumen, en un televisor vintage de media pulgada.

Las esperas, en su mayoría, son un fastidio. Los bancos los días de cobrar un cheque o para entregar carpetas Cadivi. Laaas cooolas de los automercados que están imposibles en Venezuela. Las paradas de Metrobus. El ticket número 999 de la farmacia o de la charcutería. Incluso las colas para comulgar aburren... (Sorry, God, pero no me dejas mentir).

La cuestión que molesta es que son tareas de las cuales queremos salir ya. Apurados. Uno quiere un kilo de pollo (suponiendo que hay) sin mayor emoción. Lo que quieres realmente es estar en otro sitio pero si no lo compras, no comes. Es un mandato. Algo impuesto que tiene un objetivo específico y que viene acompañado de un río de gente que quiere lo mismo que tú.


Hay una espera que es distinta. Que es intrigante. En donde lo que deseas badly, no ha podido ser tuyo todavía y eso da taquicardia (de la buena). Es un sentimiento que yo no he podido explicar pero que hace que quieras más. Esperar viene a ser el disfrute en sí y da hasta miedo pensar que pasaría si cumples el objetivo. Es como si quieras quedarte como el próximo en la cola. Que finalmente tomaran tu ticket y en ese instante, el mundo se paralizará. Sin importar cuánto tiempo llevas en fila. Cómo te vestiste para ir. Cuántos requisitos llenaste. O si llegaste a tiempo o no. La recompensa es esa electricidad en cada centímetro de tu cuerpo que te empuja a seguir anhelando... Y pedir más y más mientras disfrutas cada pasito avanzado. Porque estás claro de que puedes vivir sin llegar a cumplirlo... Que no fuiste por un requisito sino por ganas. Y lo que queda es ese deseo puro de mantener el pulso acelerado en ese espacio entre tú... y él.