Foto cortesía de @madamefedora
Habíamos quedado en almorzar hoy y me paré con taquicardia de pensarlo. Pulsaciones que estaban controladas por el correcaminos o Speedy González. Pensé en mi pinta sin pararme de la cama. Pantalón blanco porque los bluejeans son aburridos. La camisa roja que él amaba o solía amar. Mejor algo nuevo. Alguna pinta que no conociera. Son meses sin vernos por un medio que no fuese instagram o facebook. Esta vez era en persona y las pulsaciones aceleraban.
Con cuidado me peiné. No una, sino tres o cuatro veces hasta dejarme el pelo suelto. No me maquillé mucho. Un poco de blush y polvo. Así me vería como soy. Sabría que no he cambiado mucho. Que sigo aquí con las mismas ganas de verlo. De tocarlo. Con los tacones más altos y la frente en alto.
Yo llegaría al sitio un poco antes de las 2 p.m. Prefería esperarlo con mi copa de vino a medio tomar. Eso calmaría mis nervios... Esa pena escondida que él no conocía de mí. Miraba la hora impaciente y cambiaba de pose de cuanto en cuanto. Miraba a las parejas a mí alrededor. A las amigas gritonas de la esquina riéndose de algún cuento. Observaba a un chico en la barra. Alto y de chaqueta. Ni cerca de lo bello que me resultaba él. Pedí otra copa. Mi reloj Casio mostraba las 2:30 p.m. y delataba mis manos frías y pálidas.
Pensé en nuestros días juntos. La picardía de pellizcarnos bajo una mesa mientras yo me sonrojaba. Los ratos escuchando música en la playa. Las películas en su sofá. Las pizzas. Los besos en su cocina. Los mensajitos por pin.
Él llegó. Me dio un beso en el cachete y sentó a mi lado, y no del otro lado de la mesa. Pidió dos copas de vino y me miró impaciente. Era ya mi tercera copa. Pensé en más y más cosas, pero sólo le pregunté por su vuelo y el retraso en la aerolínea. Mire sus labios. Quise besarlo ahí mismo y lo hice. Me agarró la cara con fuerza y mucha impaciencia. Me tocó el pelo y repitió varias veces lo bella que estaba. Me quería ir a otro lado donde estuviésemos solos. Él también, pero no lo hicimos. Nos gustaba la espera. Es parte de lo que somos.
Hablamos de mi trabajo y el suyo. Nos contamos los meses ausentes. La falta de ejercicio. Recordamos nuestras ganas de hacer una maleta para ambos, e irnos a recorrer el mundo para ir a todos los conciertos pendientes. De cómo disfrutaríamos Coachella y qué nos pondríamos para Burning Man. Nos prometimos intentarlo. Una vez al año ir a un destino juntos. Era una tregua para hacer lo que nos gusta: pasarla bien. El mesonero se acercó y ordenamos otra copa y varias tapas para picar. Nos reíamos por ser tan gorditos. Con él me daba el gusto de engordar unos kilitos, sin que fuese un problema. ‘Así tendría de donde agarrar…’, me repetía.
Vi la hora y no me atreví a salir de la cama. Me escondí debajo de mi cobija y apagué el celular. Eran ya las 3 p.m.