
Yo no la maté.
A eso de las cinco de la tarde recibí un correo. "Tu sabrás..." era el título y me dio fastidio leerlo. Era obvio que era otro de sus desahogos cargados de arrechera, insultos y mucho sentimiento. Yo de verdad creo que ella estaba loca. No de manicomio, porque ella enamora. El guardia le hubiese quitado la camisa de fuerza al momento de verla y la hubiese invitado a cenar. Ella es de esos locos que engatusan... Que saben enamorar a su alrededor para invitarlo a su mundo fantasía y hadas.
Alguna vez creí que yo pertenecía a ese mundo. Que yo también era feliz a su lado mientras corríamos por el bosque y brincábamos charcos. Con ella, los atardeceres eran cargados de color y las noches tenían infinitas estrellas. Su mundo era así... Siempre y cuando pensaras como ella...
Yo no la maté, porque yo no estaba ahí.
Ella estaba gritando, como siempre. Viéndose al espejo y diciéndose a sí misma que era una princesa. Que su príncipe estaba a punto de llegar en un corcel blanco a quitarle ese hechizo de ser insegura y vivir para los rumores. La cosa es que cuando uno se grita cosas es porque no está bien de la cabeza. Las verdades vienen guardadas en silencios mientras que una mentira esta bien contada si se logra irritar la garganta al decirla... Por eso es que a veces yo no lo creía y automáticamente me iba de su mundo... de su bosque.
Yo no la maté. Ella se murió.
Se murió por dentro de tristeza. No encontró felicidad en tanta rumba, música y piropos. Se murió como era de esperarse. Mirando al espejo y con la frente en alto. Mirando al mundo por encima del hombro y sintiéndose diferente a los demás.